Y no te puedo odiar.


¡Si es lo que te empeñas en demostrarme! Es como que no hay ningún motivo por el que la pelota tenga que volver a subir, y yo me empeño, voy a lo más bajo, dejo que bote, y vuelvo a subir, pero tú no me coges con las manos, dejas que vuelva a bajar... y lo que has conseguido es que el bote sea cada más leve, así hasta que la pelota queda en el suelo.







Y pasado ese punto por mucho que la cojas y la dejes caer, se rompera, como una canica de cistral.

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